01 febrero 2011

ARTE PERUANO EN BUENOS AIRES

El arte siempre ha llamado mi atención. Mis primeros encuentros con el arte fueron los dibujos que solía hacer mi padre. Él había sido miembro de la Fuerza Aérea del Perú y por ende sus dibujos, mejor dicho sus historietas estaban referidos a batallas aéreas  o batallas de tanques. Creo que si se hubiera dedicado a las historietas se habría hecho muy famoso, pero parece que ese no era su destino.
            Durante mucho tiempo, mi padre era mi “Rafael Sanzio”, mi “Velásquez”, mi “Greco”, mi “Pancho Fierro”. No había nadie mejor que él, hasta que un día, por pura casualidad, encontré una vieja caja de madera toda destartalada en cuyo interior había los dibujos más increíbles que hasta entonces mis ojos habían visto. Había bocetos de miles de personajes del Perú, garabateados en carbonilla y en tinta china. Eran tan perfectos, que parecían que los había pintado “Dios”. Me pasé todo un domingo descubriendo ese mi “nuevo tesoro”.
Toritos de Pucará en el techo de una casa
            Habitualmente los domingos salía a jugar una “pichanguita” con los chicos del pueblo, pero ese día, no salí. Todos se extrañaron. Fueron a buscarme a mi casa y no me encontraron. Se preocuparon. De pronto, a mi padre se le ocurrió que quizás estuviera jugando en la casa del “bisabuelo Ambrosio”, una casa que estaba vacía desde hace mucho tiempo. Encontrar esos dibujos fue maravilloso y al mismo tiempo contradictorio. En ese instante me encontré en la misma situación de Nietzsche cuando dijo: “Dios a Muerto”.
            Salí a los tumbos con la caja y al abrir la puerta que comunicaba la casa del “bisabuelo Ambrosio” con la de mis padres me encontré con “yayo”, mi padre que venía a buscarme. Apenas lo vi, lo acosé con preguntas.
— ¿De quien es esta caja? ¿Por qué estaba escondida en medio de otras cosas viejas? ¿De quien son estos dibujos? ¿Por qué no me dijiste que había una caja con dibujos?
— Son demasiadas preguntas. — Dijo mi padre. — Son dibujos de tu abuelo Basilio, mi padre.
            Basilio, Basilio, Basilio, retumbó en mi cerebro. No podía creer que ese señor que solía venir en su auto último modelo y derrochaba fuertes sumas de dinero en el pueblo, sobre todo en las cantinas y en las fiestas que solía realizar, pudiera ser mi abuelo. No podía creer que ese señor, para quién Yo nunca parecía existir fuera capaz de pintar cuadros semejantes. En algunas ocasiones llegué a pensar que ese señor no tenía un corazón latiendo en  medio de su caja toráxica. Con los años por supuesto, las heridas que podían existir se fueron curando y el destino invirtió los roles. Un Basilio envejecido, solía visitar en algunas ocasiones a “Luchita” su hermana, donde yo vivía por aquellos años. Ya tenía 13 años, estaba en tercer año de secundaría y cursaba en el colegio nacional Nuestra Señora de Guadalupe. En esas ocasiones, cuando sonaba el timbre, salía a ver quién era el visitante. Al descubrirlo….
— ¡Buenos días, señor basilio!— le decía.
— ¡Buenos días!— solía responderme.
Lo hacía pasar al comedor de visita y le ofrecía algún trago: Cogñac, whisky o algún licorcito de menta. Mientras iba a buscar a “Luchita”, su hermana, iba pensando en como habían cambiado las cosas. Pese a que ella insistía en que ese señor era mi abuelo y debía tratarlo como tal, ya era demasiado tarde, ya no sentía nada. Sin embargo, quiera o no, los genes siempre me han arrastrado por el lado del arte, como debía haberle sucedido a él.

            El jueves pasado, visité una exposición de Artesanías Peruanas. Una exposición que desde el mes de diciembre quería visitar. Cada vez que programaba mi visita, siempre ocurrían algunas cosas que me impedían realizarlo.
Museo José Hernandez
            De casualidad, mientras navegaba en Internet buscando imágenes para un trabajo, me había topado con una nota donde invitaban a una exposición sobre “TORITOS DE PUCARÁ” que se estaba realizando en Buenos Aires.
— ¡Caramba — me dije, — hace tiempo que no visito un museo.
            La nota hablaba de una exposición sobre un proyecto cultural Perú-Argentina por la cual, alfareros de la zona de Pucará y Cheqa Pupuja venían a Buenos Aires a exponer sus “Toritos de Pucará” y al cual 20 artistas plásticos argentinos los intervendrían aportando sus técnicas y estilos. Luego del cual, los “Toritos” intervenidos serían subastados.
— ¡Espero que no haya algún artista loco que desvirtúe el arte Peruano —, me dije.

            Finalmente me dí cuenta que todos los “ARTISTAS” tenemos algo de locura cuando creamos. Y cuando me refiero a los “ARTISTAS”, hablo en el amplio sentido de la palabra.
            Mientras meditaba sobre el sentido de Artistas en la lengua castellana, me acordé que la última vez que admiré un Torito de Pucará fue en una exposición en el “Museo de bellas artes” en Lima. Había ido con amigos del colegio para observar las pinturas abstractas de un pintor, cuyo nombre no recuerdo. Debíamos realizar un trabajo de análisis para la materia “artes plásticas”. Observar semejantes “mamarrachos”, fueron bofetadas para todo lo que hasta entonces conocía como “Arte”. Eran los inicios de las pinturas abstractas, pero aún hoy, me siguen significando bofetadas al Arte, a pesar que hay muchas personas a quienes les gusta. Y están en plena libertad de disfrutar de ese Arte. Sin embargo, en ese instante para mis amigos y yo, no había punto de comparación. ¿Como podíamos compararlos con un “Velásquez”, un “Van Dick”, un “Van Gogh”, un “Picasso”, un “Rembrandt”, un “Greco”, un “Toulouse Lautrec”, un “Pancho Fierro”, un “Sabogal”, un “Renoir”, un Monet” o un “Da Vinci”?. Ni siquiera se acercaban, aún lejanamente a las historietas de mi padre o a los dibujos de Basilio, mi abuelo.
            No, esas “cosas” no se parecían en nada a lo que yo conocía como “Arte”. Parecía que alguien se había peleado con la pintura y que harto de no encontrar lo que debió estar buscando, simplemente arrojó la pintura sobre el bastidor y zas..!, con eso, según sus autores, habían creado arte.
Torito de Pucará
            Luego de pasear por todo el museo, en un rinconcito aislado descubrimos algo que sí nos llamó la atención: “Los Toritos de Pucará”. Había de todos los tamaños y todos los colores. Entonces no había cámaras fotográficas digitales, así que, los cinco amigos nos pusimos a bocetear. Nos demoramos tres horas, luego del cual nos fuimos a la playa a divertirnos. Era sábado.

            Cuando finalmente llegamos al lugar de la exposición, Rosa, mi mujer, que siempre anda quejándose de todo. Que si llueve, ¿por que llueve? Que si no llueve, ¿porqué no llueve? Que si salió el sol, ¿por qué salió? Que sí no salió, ¿por qué no salió? En fin, ya me acostumbre a su letanía que simplemente, le sigo la corriente. Y claro, llevarla a esa exposición, al cual ella no tenía ni la menor idea de lo que se trataban los “Toritos de Pucará”, la ponía más quejumbrosa. En Misiones de donde es originaria, hay las Cataratas del Iguazú, los saltos del Moconá o la pesca del Surubí, así que, cuando llegamos a la exposición, le serví de guía privado.
            “Los Toritos de Pucará”, son vasijas con la figura de un Toro que representan una parte de la artesanía peruana, donde se fusionan culturalmente el arte andino con aquello que trajeron los españoles. El imaginario popular le atribuye poderes de protección cuando son colocados en los techos de las viviendas.
            Pucará es un pueblo ubicado a 110 Km. al norte del departamento de Puno, donde se encuentra el “Templo Pucará”. Allí, los artesanos fabrican los famosos “Toritos de Pucará” para exponerlos en su feria anual: 16 de julio.
Torito de Pucará
            Antiguamente se celebraba una fiesta de origen español, en el cual el toro era pintado y ensillado y se le colocaba un picante en la nariz. El animal enloquecía con el picante. Esa imagen de un animal poderoso, bien plantado en la tierra, con los ojos desorbitados apuntados al cielo, han quedado plasmados en las cerámicas de los alfareros de los pueblos de Pucará, Cheqa Pupuja, Mataro e Iquilo.

            Cuando entre al salón de exposiciones me pareció que volvía a tener 14 años y que estaba con amigos, boceteando “Toritos de Pucará” en el Museo de las bellas artes en Lima.
— ¿Estás bien?— me preguntó Rosa.
            Yo, sólo atiné a sonreírle.
            El salón, era bastante espacioso y estaban bien ubicados los objetos de la exposición. Había de todos los colores, pero todos tenían el mismo tamaño. Algunos me gustaron más que otros. Hubo artistas que a mi entender, interpretaron cabalmente lo que es un “Intercambio cultural”. Hubo otros que se me quedó como una especie de nudo en la garganta, me recordaron a esas pinturas abstractas de mi adolescencia. Sin embargo al analizarlo en su conjunto, diría que me satisfizo.
Pesebres Ayacuchanos
            En aquél lugar, por supuesto no era lo único que se exponía. Había también una exposición sobre “Pesebres Peruanos”, muy distintos unos de otros. Si cualquier visitante que no tiene nociones de la historia del Perú ingresa a esa sala, creo que no comprendería o quizás peor, caería en el prejuicio de sólo encontrar pesebres andinos.    Si bien en cada uno de los pesebres habían colocado el lugar de procedencia: Ejem: Piura, Lima, Puno; cualquiera que desconociera la geografía del Perú volvería a caer en el error de estar viendo, solo pesebres andinos.  Creo que debieron haber colocado una tarjeta con las leyendas, no sólo con la información de que departamento provienen, sino además de que región: Costa, Sierra o Selva. Para alguien que, quién no conozca el arte peruano pueda distinguir y observar los trabajos con mayor amplitud y disfrutar un pesebre costeño con sus personajes más pintorescos, al de un pesebre andino, que generalmente expresan la dureza de la vida en sociedad. Es más, aún en los pesebres andinos podemos observar diferencias entre los pesebres cusqueños, de los pesebres puneños.
            Salvo esas acotaciones, la exposición me agradó, no sólo porque trajo a mí, los recuerdos de mi adolescencia, sino por vengo observando desde hace un tiempo, un crecimiento acelerado no sólo de la cultura del Perú en su conjunto, si no que además, la comunidad peruana en Buenos Aires está posicionándose como una de las más culturales de Iberoamérica.
            Después de mucho tiempo he vuelto a mis andanzas habituales: recorrer exposiciones y observar a través de ella, como el mundo va evolucionando o involucionando.
            Rosa, por supuesto, siguió con sus quejas. ¿Tan pocos Toritos? ¿Pesebres de dónde? ¡Espero que no sea la última vez! ¿Y ahora como viajamos?
            Tomó muchas fotos, desde todos los ángulos. Por nada del mundo se me ocurrió decirle que las fotos que tomó no eran, digamos…”artísticas”, por que entonces se habría producido el primer terremoto grado 8.4 en la escala de Richter con tsunami incluido en Buenos Aires.

Por Guillermo Ventura.

No estamos tan mal, pero, podríamos estar mejor…Si quisiéramos (Proverbio propio)
_______________________________-
Datos:
Museo de Arte Popular José Hernández.
web: http://www.museohernandez.org.ar
Av. Del Libertador 2373
Horarios:
Miércoles a viernes de 13 a 19 hs.
Sábados y domingos de 10 a 20 hs.
Feriados cerrados.

Exposición “Pesebres Peruanos”
Del 1º de diciembre al 6 de febrero del 2011
Exposición “Toritos de Pucará
Del 25 de Noviembre al 20 de marzo del 2011.

Web Toritos de Pucará:
http://www.mitoritodepucara.com


TUS COMENTARIOS SON BIENVENIDOS