06 diciembre 2013

!CHOLAS BRAVAS!

Velas y homenaje
Este artículo debía haber sido escrito y publicado hace unas semanas atrás, pero hubo circunstancias personales (dolorosas) que impidieron que me sentara frente a mi computadora y teclear las letras necesarias para convertirlas en una historia. Lo primero que viene a mi memoria respecto de estas “circunstancias” son algunos versos de Vallejo, sobre todo aquellos que dicen: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios, como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma. ¡Yo no sé!...”

Cuando el sábado 09 de noviembre en el programa “Algo Más” que conduce el periodista Pierre Manrique (un amigo) me enteré que el Jueves  14, una actriz peruana presentaría su unipersonal en el “Centro Cultural Ricardo Rojas”. “Debe ser buena”, pensé.

Cuando se lo comenté  al Dr. Augusto Flores Cárdenas (Un amigo Médico-Psiquiatra).
-¡A la mierda, debe ser buena!- me respondió.

Acordamos asistir juntos. No pudimos contactarnos con los otros Mosqueteros (Dr. Víctor Pebe Pueyrredón;  Ing. Pablo Preciado; Dr. Dovar Rojas; Agr. Neftalí Idrogo. Lic. Carlos Campanario -se excusó-, a este grupo se ha sumado “el Matemático” -Así lo llamamos nosotros, pero en realidad es economista-, Rosendo Guerrero). En ese grupete de amigos soy el más joven, el aprendiz, el Padawan, el Luke Skywalker. Bah, no sé si tanto, aunque la mayoría me lleva quizás treinta o quizás cuarenta años de experiencia. Yo, simplemente aprendo de ellos.

El jueves 14, llegué temprano al lugar indicado, a la hora señalada. Ingresé, y apenas caminé unos metros pude divisar a “todos y a todas”. No sé si me conocen (no me quita el sueño ese detalle), pero Yo a “todos y a todas”, si los conozco. Sé, de qué “patita cojean”. Charlando con los muchachos de informes del “Centro Cultural Ricardo Rojas” averigüé todo lo necesario.

-¿Tiene reserva?- me preguntaron.
- ¡No!-respondí -, por la mañana llamé para averiguar cuál era la forma para hacer las reservas y el costo de las mismas.
— Las reservas se hacen personalmente aquí en el Centro Cultural y esta obra es gratuita —, me dijeron

Apenado ante la posibilidad de no poder ingresar a ver el Unipersonal, continué charlando con Gustavo, uno de los muchachos que al parecer colaboraban con la puesta en escena de la obra.  Minutos más tarde luego de obsequiarle la tercera Edición de la Revista “Casa del Perú” y de haberle comentado sobre mi blog (Kerriscoso), no sé si eso lo persuadió, pero, tomó una entrada y me la entregó. 

Micaela Távara Arroyo
Finalmente, casi sobre la hora llegó el Dr. Augusto Flores Cárdenas. Charla va, charla viene, también consiguió ingresar. Mientras estábamos haciendo fila en el largo pasillo para ingresar al salón, en el grupo de espera me encontré con algunos amigos periodistas. Les comenté que no compartía que un acto como ese fuera del todo gratuito y que es una falta de respeto al artista no pagarle aunque sea un precio mínimo. Uno de ellos,
— Deberíamos pagar aunque sea cinco pesos —, dijo.
— ¡No seas ratón, con cinco pesos no te pagas ni un café. Mínimo, podría ser veinticinco. !Seguramente por eso vino mucha gente!— le refuté.—, ¡Por que a estos sacarles cinco centavos, es peor que a un calvo le crezca cabello rizado y con "rastas" incluido.

No continuamos la deliberación por que fuimos interrumpidos por una voz que en tono fuerte se acercó por mis espaldas, “PERMISO, PERMISO”. Con mi tranquilidad habitual, giré para ver de quien era la voz y cual era la razón. No tuve tiempo de girar del todo por que un torbellino de gente atravesó raudamente con destino al salón donde se presentaría el Unipersonal. Lo único que atine a escuchar, fue que la voz reverencial de alguien que dijo: “!Adelante, Señor Cónsul!”. Por la forma como se expresó el de la voz voz, me dio la sensación que le faltó poco para tirarse al piso y servir con su cuerpo de alfombra al recién llegado. Yo, seguí inmutable, observando a cada uno de los que estaban en la fila de ingreso. “Parece que hubiera pasado 'Enrique Octavo' y no, únicamente el Cónsul peruano de la Circunscripción de Buenos Aires, un funcionario público con sueldo y un mandato otorgado por los ciudadanos a través del Presidente del Perú, quien le debió encomendar el cumplimiento de esa función”, me dije a mi mismo.

Sin embargo, aquél jueves 14 de noviembre, me encontraba en ese lugar por una razón mucho más importante que cualquier autoridad consular o cualquiera de esos “ratones” (misios, miserables, sinvergüenzas, tacaños, avaros) que pululan por ahí. Estaba para ver “LA REBELIÓN DE LAS POLLERAS” de la actriz peruana MICAELA TÁVARA ARROYO.  ¿Disfrutaría o padecería aquél unipersonal?, en ese momento no lo sabía, pero ya estaba en el baile, así que seguí a los que ingresaban al improvisado auditorio. 

En el folleto informativo que nos entregaron se podía leer la presentación de de la joven actriz peruana: Rosa Micaela Távara Arroyo, nació en Lima en 1989. Es egresada de la Escuela de Ballet de la Universidad Nacional de San Marcos y actriz formada en la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático. Es pedagoga de  danza, teatro y performance. Desde 2011 trabaja para Lima cultura, marca de la gerencia de Cultura de la Municipalidad Metropolitana de Lima, desempeñando labores de gestión y promoción cultural para el programa Cultura Viva.  "¿Será una Limeña certificada?", pensé cuando leí sus palmares, pues suelo bromear con amigos, que Yo soy un "Limeño Certificado" pues nací en la vieja y antigua Maternidad de Lima.

Cuando ingresé,  ya estaba todo en penumbras. Segundos después algunas luces del fondo se encendieron y apareció a trasluz la silueta de una joven desnuda, que poco a poco comenzó a cobrar vida. Al principio, pensé que era un maniquí. Los movimientos cada vez más rápidos y acompasados, como siguiendo un ritual determinado me obligo a prestar una mayor atención. 
Este introito lo comprendí mejor cuando horas más tarde, ya en el bar “La Academia” a pocas cuadras del lugar, el Dr. Augusto Flores Cárdenas (médico Psiquiatra) hizo una particular descripción de esa escena: “Era una nacimiento. Viste como poco a poco se fue moviendo, como si fuera un bebé tratando controlar sus músculos y sus articulaciones. Era el inicio de la vida.  Fue una escena maravillosa”, dijo.

Cuando finalmente escuchamos la voz de Micaela Távara Arroyo, lo primero que vinieron a mis recuerdos, fueron los sonidos del “hablar Limeño” o el “cantito Limeño” como dicen algunos. Y por algunos segundos me perdí en los recuerdos, que la “tosecita” impertinente de una asistente me hizo volver rápidamente a mi asiento. Micaela, contó que su unipersonal estaba dedicado a la Flor Pucarina (Leonor Efigenia Chávez Rojas) una cantante vernacular peruana que allá por la década del ´50 se hizo conocida por contar en sus canciones la nostalgia y el desamor, quizás como una forma de hacer su desarraigo menos complejo o menos desolador.

También, Micaela, contó que su unipersonal está dedicado a su abuela Sofía (aquí me perdí, no estoy seguro si es Sofía o si es Zoila, así que para no complicarlo la llamaré Sofía, luego quizás se lo pregunté personalmente a Micaela), que se vino del Interior del Perú a Lima. Se vino con su marido, pero que éste se le murió tan pronto que no tuvo tiempo de llorarlo por que tenía que alimentar varios hijos. Se los llevó al desierto, ahí donde no hay nada, donde sólo crecen piedras o arena. Eso era el distrito de Carabayllo (al noreste de Lima) en aquella época. Con una cuantas esteras (tejido grueso de junto) se armó una casita y a los tumbos sobrevivió y educó a sus hijos. Ella (Micaela) eran uno de los frutos del esfuerzo de esa mujer que se atrevió a retar a duelo al destino y además salir con heridas, pero victoriosa. 

Everardo, Marcela y Yo
Mientras Micaela comenzaba a narrar, mi mente buscó en sus registros aquella vieja canción de la cantante vernacular que también le peleó al destino, La Flor Pucarina, cuyo tema “Ayrampito” fue símbolo de toda una generación. Estaba a punto de comenzar a tararear para acompañar la actuación, cuando  de pronto, por los parlantes del improvisado tablado salió aquella melodía de mi infancia que comenzaba diciendo: “tantas mentiras, tantas traiciones me han perdido que no quisiera amar a nadie en este mundo/ estoy muy triste en la vida, malaya mi destino ayrampito/ como quisiera tomar chichita de tus flores, y así podría beber el néctar del olvido/ desde muy joven en la vida, amaba con el alma ayrampito…”

Siempre he creído que el tres (3) es un número mágico y que cuando estos se alinean se producen los sucesos más imprevisibles. Y lo que aquella noche sucedió fue precisamente eso. Una noche mágica, una noche especial. Una noche en la cual Micaela Távara Rojas sin querer y sin saberlo le rindió también un homenaje  a mi madre, MARCELA  ALEJANDRA, quién como su abuela Sofía y Leonor Efigenia Chavez Rojas (Flor Pucarina) había nacido en el Departamento de Junín. Unos kilómetros aquí, unos kilómetros allá. Mi madre nació en un pueblito de la provincia de Jauja, era al igual que su abuela Sofía y la Flor Pucarina “mujeres del Centro del Perú”, eran serranas, eran cholas, pero sobre todo, eran Cholas Bravas.

Estas tres mujeres, se vinieron jovencitas a Lima para buscarse un futuro. El único trabajo que ellas podían obtener era el de “Sirvientas” (empleadas domésticas), de cuyos trabajos sólo podían salir los domingos para reunirse con amigos o conocidos en el “Parque Universitario”. Yo no sé, si mi madre fue la más afortunada de las tres, pero conociendo al Sátrapa de mi padre a veces lo dudo. Mi padre era el “Niño bien” o el “niño rico” que enamoró a la provinciana y la arrastró a los lugares más insospechados. Aunque a veces creo que mi madre no puso demasiada resistencia y se dejó arrastrar. Quizás por amor, quizás por necesidad. Ojo, cuando llamo "Sátrapa" a mi padre no significa que haya sido un mal tipo. Tiene sus cosas, como cualquiera, pero ha sido responsable como marido y como padre, lo de sátrapa es por que pudo haber hecho más cosas de las que hizo, pero que no las hizo y que hubieran mejorado su propia situación, pero ese es un tema que quizás alguna vez lo cuente o quizás no.

Por el contrario los que sí devolvieron a la realidad a mi madre y que además la defenestraron hasta casi llegar al extremo de la humillación fueron otras mujeres. Por una sola razón: No era "del lugar, no era del pueblo". Marcela, mi madre, estaba a 800 kilómetros de la casa donde había crecido. Las lugareñas la denominaron de las formas más inverosímiles. Algunas veces la llamaban “mostrenca”, “serrana”, otras veces, “chola”, “malvenida”. Reza un viejo refrán: “Pueblo chico, infierno grande”. Ese pueblito al que mi padre  arrastró a Marcela, fue por algún tiempo el portal del infierno o al menos su sucursal. Un pueblito al que la familia, envío a mi padre como a una especie de castigo, mientras administraba las propiedades.

Recuerdo que en cierta ocasión, una de las cholas del pueblo, acostumbradas a “cholear” a las que no eran del lugar…
— ¡Tus hijos no van a llegar a ser nada! ¡Ni siquiera van a terminar el primario!— le gritó a mi madre en medio de una discusión.
— ¡Ten cuidado con lo que escupes al cielo, por que te puede volver a la cara! ¡No te olvides que yo tengo hijos hombres, tienen huevos que les cuelgan y tú tienes hijas!—, le respondió mi madre.

Demás esta decir que todos los hijos de mi madre terminamos el primario, el secundario y algunos avanzaron un poco más, no llegaron al cielo, pero al menos han conseguido las escaleras para lograrlo. Pero eso, no es lo que siempre me extrañó o me llamó la atención. Lo anecdótico, hoy que lo miro a la distancia en el tiempo, es que mi madre era una “Chola de piel blanca” como habitualmente son las personas del centro del Perú y era “Choleada” por otras cholas de piel oscura. Es más, mi madre es una “Chola de ojos color miel”. Si se hubieran enterado que su hermana tenía ojos verdes, les habría dado un paro cardio-respiratorio.

En definitiva, Marcela mi madre es y ha sido una “Chola Brava, que nunca tuvo vergüenza de decir que era Jaujina y que en aquellas tardes de mi infancia, sobre todo los sábados, sacaba sus discos y se ponía a escuchar sus canciones mientras nos enseñaba a bailar, en el patio trasero de la casa que teníamos en aquél pueblito al cual llegamos cuando yo tenía cinco años, (cerca de Lima) donde mi familia paterna tenía algunas propiedades.

Muy distinto a lo que sucedía en la década de los ’90 en Buenos Aires con aquellos peruanos que habían migrado expulsados por el terrorismo de Sendero Luminoso y la situación económica del Perú. TODOS decían que eran Limeños, sin embargo cuando uno charlaba con ellos se daba cuenta inmediatamente que eran de algún pueblito del interior del Perú o de alguna otra ciudad costera. Unos se denominaban “Limeños” por vergüenza, otros, por miedo, pues los terroristas de Sendero Luminoso también se habían venido a Buenos Aires a esconderse y lo hacían en las “Villas de emergencia” (tipo “Pueblo Joven” del Perú). Aún están por ahí, pero ahora se han transformado o se han disfrazado, cambiándose  de nombre (Movadef) o dedicándose al narcotráfico.  

Casi al final del unipersonal “La Rebelión de las Polleras” y mientras Micaela Távara Arroyo encendía las velas de homenaje, el público asistente se mantenía silencioso, a excepción de aquella “personita” que se pasó tosiendo de comienzo a fin de la obra. Todos estaban expectantes a sus movimientos, que eran sutiles, gráciles y delicados. Se notaba que tenía un excelente manejo del cuerpo. Era convincente. No había forma de no estar concentrado en sus movimientos y en sus palabras. Palabras que eran reales. Palabras que quizás le traspasaban el alma y que a veces, daba la sensación que hacía esfuerzos para no perderse en su personaje. Como suele decir mi querido amigo el Dr. Augusto Flores Cárdenas (médico psiquiatra), “No hay nada más convincente que contar tu propia historia”

Muchas de las mujeres que asistieron aquella tarde, eran mujeres que llegaron a Buenos Aires en busca de un destino mejor para ellas y para sus familias. Quizás no pasaron las mismas historias de mi madre, ni de Sofía, la abuela de Micaela o la de la Flor Pucarina, aunque si lo pienso un poco más, quizás tengan historias peores. 
En medio de esas mujeres, luchadoras, fuertes, aguerridas, estaban también esas “otras mujeres” (parecidas a las mujeres que encontró mi madre en aquel pueblito) que son lo peor de las mujeres peruanas en Buenos Aires: Son prepotentes, mediocres y que no han tenido ningún prurito en explotar o maltratar a otras mujeres, que además, eran sus compatriotas. Ellas, saben que yo las conozco y sé que me conocen, aún cuando ellas digan que no me conocen. Estas “otras mujeres” saben también que no tienen mi respeto y saben además que yo creo que son mediocres y que sólo están en ese lugar o esa situación de  poder por una cuestión circunstancial y no por méritos propios

Mientras prendía la última vela:

— ¡Esta es por ustedes!—, dijo Micaela.
Se marchaban corriendo los últimos segundos de la obra, y recordando que no había podido conseguir limón peruano
— ¡No se vayan sin dejarme algo, aunque sea un kilo de papa o de Limón, todo sirve —, bromeó.

Camino por las escaleras rumbo a la Av. Corrientes iba pensando que en el mundo, son las mujeres las que nos educan, pero no cualquier mujer “PROCREA” (formación, educación o ejemplo) buenos hombres o buenas mujeres, sino “únicamente” aquellas mujeres como Marcela mi madre,  como Sofía, la abuela de Micaela o  como Leonor Efigenia Chávez Rojas (La Flor Pucarina), quienes con su temple y su naturaleza indomable pueden parir (en el amplio sentido de la palabra) hombres y mujeres que traspasen las decisiones del destino y escriban uno exactamente a sus medidas.


Micaela Távara Arroyo en su unipersonal “LA REBELIÓN DE LAS POLLERAS” me planteó miles de preguntas, que para responderlas debería escribir un Ensayo por que tengo respuestas para todas, menos para una: ¿Por qué no hacemos nada?, refiriéndose al hecho de  porqué no intervenimos cuando observamos que nuestro prójimo está siendo violentado y sólo nos quedamos sentados observando o permitimos a otros hombres o  mujeres mediocres, como esas "otras mujeres" que aquella noche estaban sentadas observando el unipersonal, se salgan con la suya. 

Escrito por: Miguel Ángel Villegas G.
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No estamos tan mal. Pero, podríamos estar mejor, sí quisiéramos.
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